miércoles, 23 de abril de 2025

El mítico reino del preste Juan

 ¿Para qué sirven los mitos? A decir del historiador Georges Dumézil, un país, cualquier país, sin leyendas se moriría de frío y sin mitos estaría muerto. Isaiah Berlin, tiene una explicación de por qué sucede eso: los mitos, afirma, son formas de exteriorizar lo que uno es y por lo que uno lucha, y aparecen cuando no se sabe una cosa ni la otra, cuando se ha perdido el lugar en el mundo.



Eso sucedió con frecuencia en la Edad Media, entonces la Tierra era demasiado grande, misteriosa, la vida, frágil, y los mitos, heredados de las Sagradas Escrituras, sobre todo, pero también de Plinio, de Solino, de San Isidoro o incluso de historias como la de Alejandro Magno, dieron esperanza de consuelo a quien andaba perdido, palabras para expresar lo inexpresable y pusieron orden al desorden.

Uno de esos mitos fue el del Preste Juan. Aparece a mediados del siglo XII, cuando Occidente se encuentra en medio del caos debido a los graves y violentos conflictos que tenían el Imperio y el Papado en lucha por el “gobierno universal” y a la Guerra Santa promovida por los cruzados para liberar los Santos Lugares y Jerusalén. Ambas cuestiones enmarcarán la aparición y la evolución del mito del Preste.



La primera mención de su nombre –Prebyster Johanes– fue en la Crónica o Historia de las dos ciudades (1145), escrita por el obispo Otto de Freissing. Este obispo cisterciense había nacido en la segunda década del siglo XII, en el seno de la familia imperial, era hermanastro del rey alemán Conrado III y tío de Federico I Barbarroja, emperador desde 1155, y protector del famoso Waltther von der Vogelweid (ha. 1170-1239), el poeta del desencanto: “¡Ay!, cómo se nos ha engañado con dulces prendas”. Otto era un hombre de letras que estudió teología en París, aunque no dudó en coger las armas en ciertos momentos, como durante la infausta Segunda Cruzada (1147-1148), en la que tuvo a sus órdenes un cuerpo de ejército que terminó con muchos de sus hombres muertos por el cansancio o a manos de los turcos, todo “por culpa de nuestros pecados”. En su Crónica dice que un tal Hugo, obispo de Jabala, la antigua Biblos libanesa, le cuenta en Viterbo (donde estaba reunida la corte papal) que no hacía muchos años un rex y sacerdos, cristiano nestoriano, de nombre Juan, que vivía más allá de Armenia y más allá de Persia, había vencido a medos y asirios, también a persas, había tomado su capital, Ecbatana, la actual Hamedan, y se preparaba para liberar Jerusalén y los Santos Lugares del yugo musulmán.

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